viernes, 27 de noviembre de 2009

LA MICROEMPRESA DE LA LUPIS

Lija y espátula en mano, amén de jabón, cloro y removedor de manchas, Lupe intentaba asear la casa de los Martínez.
Era su escaso tercer día ahí y se había propuesto corresponder al hospedaje con la limpieza de aquél escondrijo de talibán mugriento.
Acomedida como era, no quería estar “de oquis” en lo que hallaba trabajo, búsqueda a la que dedicaba buena parte del día. Pero meter en cintura el lugar era empresa gigantesca. Ni siquiera la ropa podía ordenar, porque apenas lo hacía y los Martínez la dejaban regada por todos lados. Y en cuanto a la mugre milenaria, ni con esmeril. (Quizá apenas técnicas ultra con que se limpia la cantera de las catedrales góticas).
Sin proponérselo se fue enterando de los manejos de sus anfitriones. Ya sabía que se ayudaban con el programa de gobierno Wellfare, pero aparte Tony hacía trafiques yendo a las subastas de carros, de esos que decomisa el gobierno, donde por escasos 200 o 250 dólares adquiría un cacharro que podía vender en 2000 o 2500 enredando a inocentes paisas. Aquellas basuras a la postre sólo acarreaban problemas y mentadas de madre.
Lupita ya era conocida entre sus vecinos por su constante ir y venir del 408 (nido de los Martínez) a la lavandería, londri, laundry room—cuarto de lavado, empezaba a llamarla Lupis, con soberbio acento gabacho.
Pronto nuevas amistades le pidieron que también les llevara la ropa a lavar. Y entonces ideó utilizar una desvencijada plancha de sus anfitriones —que jamás utilizaban en su ropa guanga y arrugada— dejando más presentables las prendas.
Luego recorría bodegas, tiendas y cuanto sitio aparecía en el periódico “La Opinión” de Los Angeles, tratando de pescar jale.
Procuraba comer lo menos dañino de los alimentos congelados y chatarra que guardaba el refrigerador. Vestía algunas prendas obsequiadas por Lenny, rescatadas del cerro de ropa amontonada en el sofá.
Una tarde, después de caminar mucho en su obstinación chambista, descansó en la placita Olvera.
Ahí veía los vestigios de lo que alguna vez fue el origen de Los Angeles, fundado por hispanos, y aunque aquellas epopeyas, leídas en las inscripciones de las casas museo, la instaban a no rendirse, la depresión y el derrotismo la iban invadiendo.
Siempre había sido fuerte. Enfrentar a su marido Cipri, hombre de excesos y violencias alcohólicas, la había hecho resistente, nunca se había derrotado en la vida, pero ahora sentía no poder más, lejos de sus hijos, de su madre, sin dinero, en ciudad extraña, ni el rosal de un jardín cercano la enternecía, ella tan amante de las plantas. Ahora no le llamaba la atención, metida en sí misma.
Como siempre que se sentía en aprietos, acarició las estampas de san Judas y san Martín de Porres, pero agregó una ayuda extra, la virgen de Guadalupe, su santa patrona.
Echaba mano de todo. No veía la salida.

1 comentario:

  1. EN UN RATIN SIN NADA QUE HACER, MIENTRAS SE LLEGA LA HORA DE LA CENA, TE ESCRIBO DESPUES DE LERTE, DESDE MAZATLAN. UN ABRAZO

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